¿Quién me iba a decir a mí aquella noche de verano que aquel chico que conocí por casualidad iba a ser el gran amor que nunca pensé que fuera a llegar? ¿Quién me iba a decir que me iba a enamorar locamente de él?
Debo decir que las casualidades no existen. Todo y cada uno de los sucesos ocurren por una razón.
Nuestra Historia comenzó un Martes 13, cuando él se me declaró.
"Aquella chica que te dije eras tú." Estas fueron sus palabras textuales. Yo no me lo podía creer.
Entonces yo tenía 15 años. Me era difícil creer que un chico de 19 años se fijara en una mocosa como yo lo era.
Las mariposas en el estómago no me permitían decir una sola palabra. Yo estaba muy nerviosa, pero finalmente le confesé que él también me gustaba. Era la primera vez que me sentía así. Por eso era especial.
Ese mismo día, vino a recogerme al instituto y a acompañarme a mi casa. No fui capaz de decir una sola palabra durante todo el camino. Lo único que pude ofrecer durante ello, fueron simples sonrisas a lo que a él le hizo mucha gracia.
Llegamos al final, ya para despedirnos. Él estaba tan
cortado como yo. No pude hacer más que darle dos besos y un abrazo. Pero,
cuando me retiré del abrazo, nos miramos a la cara y me pudo el impulso. Sí, lo
besé. Y me encantó.
Recuerdo que lo miré a los ojos y fue como si estuviera en
otro mundo. Unos ojos preciosos. Me acuerdo que por el camino yo iba pensado en
lo guapo que era y eso era otra cosa que me ponía muy nerviosa...
Todo era muy bonito. Hablábamos todos los días sin parar.
Siempre teníamos algo que decirnos. Era especial, era único.
Al día siguiente otro impulso me pudo. Le cogí de la mano de
camino a mi casa. Y no le solté ni un momento. Me di cuenta de que, de vez en
cuando, iba acariciando mis manos con la yema de sus dedos. Me sentía genial.
Al llegar a mi casa dijo que estaba sorprendido de que le hubiera cogido de la
mano, que adoraba mis impulsos.
Poco a poco fuimos conociéndonos más y más. Cada vez nos
veíamos más. Cada vez teníamos más confianza.
Al mes y poco pasó algo. Algo que yo podía evitar y me sentí
mal por echarle la culpa y dejar que todo el peso se lo llevara él. Nos tomamos
un tiempo. Le hice pasar unos días horribles por una simple tontería y, sin
respetar el tiempo que yo le pedí, me habló y me dijo que no podía estar más
sin mí. Eso me hizo sentir cruel, pero me encantó. Se lo agradecí de corazón.
Fue entonces cuando me di cuenta que era lo mejor que había podido conocer.
Desde entonces, intentamos que todo fuera a mejor. Y así fue,
las cosas mejoraron. Seguimos quedando, diciéndonos que nos queríamos.
Escribiéndonos cartas por sorpresa, dándonos pequeños detalles... Todo
precioso.
Llegó San Valentín y yo vine de una excursión. Y vino él a
recibirme con una rosa roja y una carta fascinante. Yo le dije que no hacía
falta que me regalara nada y no me hizo caso y me llevó aquello que me hizo
sentir como nunca nadie ha hecho que me sienta.
Por la tarde, quedamos y yo le llevé una caja en forma de
corazón llena de bombones hechos por mí y una foto al final con una carta. Le
encantó. ‘Feliz San Valentín’.
Un día, él estaba con los ánimos por los suelos y para ver
si se le pasaba, fue a echarse una siesta. Me dispuse a darle una sorpresa. Así
pues, cogí mi bicicleta, y me fui por sorpresa a su casa. Tuve que ir preguntando
persona por persona las calles. Y acabé en una oficina en la que me indicaron
con un mapa. Yo iba por allí, por su barrio, con mi bicicleta y mi mapa sin
detenerme y con entusiasmo.
Por fin llegué. Él estaba dormido. Le hice llamadas, le
mandé mensajes... Hasta que finalmente me contestó. “¿¿Qué pasa??” y entonces
yo le dije: “Sal a la calle y mira el tiempo que hace, pero no hagas que lo
miras y lo miras por la ventana. Sal a la calle y mira el tiempo que hace.”
Salió a la calle, y allí estaba yo con mi bici sentada en un
escalón. Su cara era indescriptible. Realmente no se lo esperaba.
Esos ánimos tan bajos que tenía, se le subieron en cuestión
de segundos nada más verme allí plantada al lado de su casa para verlo.
Me di cuenta que él era lo único que realmente me importaba.
No quería nada que no fuera estar con él. Lo consideraba mi vida.
Me centré solamente en él. Lo aparté todo cuanto podía
tener. Fui egoísta conmigo misma. Pero eso no me importaba ni me importa ahora
tampoco. Él era todo cuanto yo quería. Estaba completamente enamorada.
Yo simplemente pensaba: “Quiero estar el resto de mi vida junto
a él” y así lo prometimos: “pase lo que pase, por muy malo que sea, siempre
juntos”.
A los cuatro meses, decidí darle otra sorpresa. Empecé a escribir
una especie de diario en el que hablaba de todos nuestros momentos juntos. Pienso
que por dedicarle tanto tiempo al diario, no le dediqué tiempo a él y pasamos
por nuestra primera etapa desastrosa. No hacíamos más que tener discusiones.
Él tenía una amiga que le apoyaba mucho y le ayudaba con
todos sus problemas mientras yo lo descuidaba... Me sentí fatal. Pero realmente
no me extrañó que ella le acabara gustando. Nos pedimos un tiempo. Él me dijo
que ya no se sentía con la misma “chispa” del principio. No podía conmigo
misma... Para mí estaba todo acabado... Cuando finalmente quedamos el 13 de los
5 meses para hablar y me pilló rezando. Entonces, vino hacia mí muy convencido,
le pegó una patada a una botella que había en el suelo y me gritó “¡NO ME VAS A
PERDER!” y seguidamente me plantó un beso. No aguantamos ni 3 días separados...
Fue entonces cuando le dije: “Tú me dijiste que no te
sentías con la misma chispa del principio y yo voy a hacer que vuelva.”
Me dijo que no hacía falta. Que lo que dijo fue una
tontería. Que él me amaba, y que no me iba a dejar. Fue entonces cuando le
dije: “si lo prefieres, no te doy la sorpresa. Pero si no te la doy, no sabrás
nunca lo que es”. Y finalmente, me dejó
que le sorprendiera.
Entonces, quedamos. Hice una llamada y le tapé los ojos con
un pañuelo. Le dije: “Ahora va a venir un coche.” Y él se quedó sin saber qué
hacer.
Subimos a un taxi y nos llevó a Nerja. Cuando llegamos, me
lo llevé al balcón de Europa. Sentía todas las miradas clavadas hacia nosotros,
chicos que decían “Qué bonito, Qué bonito.”
Él se agarró a la barandilla y finalmente le destapé los
ojos. No podía creer lo que sus ojos veían. Mirada al frente estaba el cielo y
bajo nuestros pies, el mar. Estaba en Nerja, en el balcón de Europa y había
llegado allí con los ojos tapados.
Nos hacíamos nuestras escapadas. Él me llevaba en su
ciclomotor, en el que me recogía la mayoría de las veces a la salida de mi
instituto y me llevaba a mi casa. En el que me daba vueltas por la ciudad. En
el que yo no podía dejar de mirarlo como una tonta desde el asiento de atrás.
Su olor se venía hacia mí cada vez que estábamos en marcha. Siempre iba
agarrando mi mano y de vez en cuando me decía “bonita”. Por no contar la de veces que me gritaba “TE
AMO”. Era increíble. Incluso a veces se daba media vuelta y me daba un beso. Me
dejaba totalmente desorientada.
A veces me solía llevar a una Torre muy antigua, a la que
llaman ‘La Fortaleza’
y veíamos toda la ciudad desde allí. Era precioso contemplar todo aquello desde
tan alto.
A los 6 meses nos compramos unas alianzas, para demostrarnos
mutuamente nuestra unión. Tanto él como yo, prometimos estar juntos por y para
siempre. Y suscribimos nuestra unión en ellas.
Todo fue tan bonito... Tan especial...
Estos son los momentos que queremos repetir una y otra vez.
Esos momentos que son únicos en nuestras vidas. Esos momentos especiales que
por desgracia solo suceden una sola vez. Pero la suerte es que eso es lo que
les hace únicos. Y así nos damos cuenta de que no hay que desperdiciar las
oportunidades que nos ofrece la vida.
Esos momentos se comparten con una persona. Esa persona es
única en la vida de uno. Y jamás habrá otra persona igual ni parecida.
Pero es cierto lo que dicen, nada dura eternamente. Tarde o
temprano, la vida te lo demuestra.
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