Lo que para algunos es un simple deporte más que solo aporta belleza, para mí es una nueva vida. Es un nuevo mundo en el que cada cual de mis sentimientos se desahogan en un simple gesto. No es nada fácil aprender a superar cada paso que este nos reta, pero con el paso del tiempo se aprenden muchas. Este deporte aporta sentimientos que antes desconocía. Ha despertado una nueva persona en mí. Me enseña que en cada caída, hay que levantarse y seguir mirando hacia el frente. Que puede que hoy no lo consigamos, pero que si nos lo proponemos podemos conseguir lo que queramos. Que un fallo es lo más grande en nuestro interior, pero que eso no nos hace rendirnos. Todo lo contrario, nos hace más fuertes.
Aquí aprendo a luchar por lo que quiero, por lo que realmente me gusta. Siento que una vez entrado en este mundo, nadie me puede sacar de él. Sería como desengancharme de una droga, la más adictiva de todas y que, aunque lo pudiera superar, me llevaría a una depresión enorme. Como ya he dicho, el patinaje es como mi vida. Es un espacio distinto. Es como salir de un mundo lleno de miserias y entrar en otro totalmente distinto en el que en lo único que pienso es en hacer las cosas bien sin plantearme ningún problema que pase por mi cabeza perteneciente al otro mundo. Jamás he sentido tanta adicción a algo y, a la vez, jamás me he sentido tan viva.
Todo esto se lo debo al patinaje artístico, que, aunque sé que no llevo el tiempo suficiente como para saberlo todo, he aprendido muchas cosas de él. Lo que más he aprendido de todo esto, ha sido a amarlo, porque ocupa una gran parte en mi vida.

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